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Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2007.
Resumen
 Evocado por el cielo gris que amanece en Madrid esta mañana recuerdo la que fue para mi la exposición de este verano, Nicolas de Staël en La Pedrera. El afortunado azar consigue que una pequeña anotación pendiente sobre Staël desde hace meses termine por unirse a la realidad visual (ya que no táctil, y no por falta de deseos, delante de la obra de Staël uno siente la necesidad de acercarse y tocar, y alejarse y volver a acercarse, como en un juego secreto propuesto por el artista al espectador). Recorriendo los pasillos y salas que la componen siento al principio una leve incomodidad, preguntándome si aquellas imágenes que guardo en la memoria no han sido sublimadas por el "personaje", creador de ellas. Tal vez mi debilidad por los artistas de vidas imposibles, de tormentosas relaciones y finales trágicos, ha dotado de genialidad y belleza a cuadros meramente rutinarios. Pero esa sensación pasa levemente, en apenas unos minutos, sin ser consciente de ello, quedo atrapada por la magia que emana de las paredes donde reposan, como insectos atrapados pero llenos de vida, mil cielos de todas las formas y colores posibles, incluso de los imposibles, referencias a botellas en volúmenes increíbles, mujeres inacabadas y completas con sutiles trazos, futbolistas de todas las nacionalidades congelados en el vértigo del movimiento. Fruto de esa fascinación es el cambio que ha sufrido esto que ahora escribo, aquella anotación pendiente versaba sobre un pintor y su relación con el mundo que habitaba, su biografía y sus amigos, su obra y su final, esta sólo intenta trasmitir torpemente mi paseo por un mundo encantado, cautiva durante un tiempo del ilusionista Staël. Escribe John Berger sobre Nicolas de Staël: "Me gustaría escribir con la misma soltura de una de tus pinceladas, pero no sé. Ante la certeza y las dudas de tu pintura, vacilo y no me salen las palabras. En casi todo lo que hiciste se reconoce tu mano, como una voz familiar en la habitación contigua. Al mismo tiempo, muchos de los últimos cuadros representan la ausencia: el desnudo azul reclinado, pintado sin modelo en 1955; una mujer al otro lado de las montañas y tú delante del glaciar. Un par de meses después te suicidaste. Cerraste con llave la puerta del estudio, te subiste a la azotea y te tiraste." "Nicolás de Staël, dejándonos entrever su barco impreciso y azul, volvió a partir hacia los mares fríos, a los que se había aproximado, niño de la estrella polar." René Char. Etiquetas: Staël, Berger, Char Enredada
 La semana pasada escuché una entrevista de Andreu Buenafuente a Eduard Punset con motivo de la publicación del nuevo libro de este último, "El viaje al amor". Me quede cautivada por las palabras de Punset y por sus silencios. Además de sus comentarios sobre el amor y la realidad o irrealidad de este, me impactó una frase que más o menos (menos que más seguramente, mi memoria es desastrosa) venía a decir que lo que diferencia al hombre del animal es la metáfora, la capacidad de creación y comprensión de metáforas. Después he comprobado que esta idea es recogida por Punset de la conversación que mantuvo en su programa "Redes" con el arqueólogo británico Steven John Mithen, este mantiene que "esta capacidad de relacionar, la capacidad para la metáfora, nos da un potencial formidable para las artes y las ciencias." Continua diciendo Mithen que "si observamos un largo periodo de tiempo de la cultura humana de los Australopitecos, hace 3 o 4 millones de años, y hasta nuestros días, podemos ver dos grandes transiciones. Una es el origen de la mente moderna, hace entre 60 y 150.000 años, es cuando se desarrolla esta capacidad para la metáfora y la creatividad. Y el otro cambio clave se produjo hace 10.000 años, con el origen de la agricultura." Esa metáfora de la que hablan para mi entronca directamente con la poesía y con la capacidad del hombre de "hacerse poético", de transcenderse. Seguro que el que haya resistido hasta aquí leyendo se preguntará a donde quiero llegar, es fácil, últimamente me rodea demasiada impostura y fingimiento, máscaras que ocultan verdades y realidades, sin embargo, por azar, hoy mismo leo a mis jardineros preferidos y me reconcilio con mi sentimentalismo trasnochado, deshecho la idea de cerrar este cuaderno y abrir otro donde verter la mala uva, el cinismo y la frialdad. Al fin y al cabo todos escribimos para que nos lean, si sólo quisiéramos dar salida a lo que nos corre por la cabeza dejaríamos descansar cientos de palabras y frases en nuestros ordenadores o en las hojas de los cuadernos. El socorrido "yo escribo para mi mismo" no cuela, estamos llevados por un afán exhibicionista, por una inquietud de compartir y comunicar. Por eso este cuaderno se me hacia cuesta arriba, si no hay nadie al otro lado no tiene mucho sentido, de hecho durante este tiempo he seguido escribiendo en el disco duro de mi pc, entonces sí que sólo como vía de escape. Y de repente me encuentro con emociones de las que entiendo, de las que disfruto y comparto, sin farsas ni teatros, y pienso que aún merece la pena seguir. "El viaje al amor" merecería otra anotación pero a la espera de que algún día me ponga a escribirla os recomiendo que paséis por la web de libro y empleéis parte de vuestro tiempo en rellenar el test, seguramente alguno de vosotros se sorprenderá, no es oro todo lo que reluce y la distancia entre un si y un no es tan delgada como el alambre de la funámbula. Por último el poeta más sentimental que conozco, Pessoa: Ah quanta melancolia! Quanta, quanta solidão! Aquela alma, que vazia, Que sinto inútil e fria Dentro do meu coração! Que angústia desesperada! Que mágoa que sabe a fim! Se a nau foi abandonada, E o cego caiu na estrada - Deixai-os, que é tudo assim. Sem sossego, sem sossego, Nenhum momento de meu Onde for que a alma emprego - Na estrada morreu o cego A nau desapareceu. Naderías
 Ayer en la oficina, mientras lidiaba con las cuentas de mis clientes, Aida, la señora que limpia, revoloteaba a mí alrededor vaciando papeleras, limpiando libros y estantes, recogiendo papeles caídos por el suelo. Empecé a hablar con ella de la manera más tonta posible, ese típico "Si quieres te limpio la mesa" y yo, que nadaba entre papeles, con cien montones de carpetas organizadamente desorganizadas (me entenderán los acólitos del caos organizado), sin hueco para poder dejar informes que seguía escupiendo la impresora, le dije que mejor otro día, total la mesa esta tan repleta que es imposible que coja polvo por ningún sitio, no queda ningún resquicio sin cubrir. Aida es ecuatoriana, se levanta todos los días a las 4 y media de la mañana para dejar la comida hecha a su familia, sus hijos preparados para ir al colegio, su casa recogida. Trabaja 10 horas al día a las que se le añaden otras dos de transporte. Y recibe un sueldo vergonzoso de su empresa que a cambio cobra su hora laboral a precio de oro a las oficinas donde va. Nada raro, lo normal, las pequeñas cosas a las que estamos acostumbrados. Sin embargo ayer comentó algo que consiguió que sonriera, mientras trabajaba y hablaba de cómo se había aficionado al café en España porque en Ecuador no es costumbre beberlo, de repente se paró, me miró con unos grandes, verdes y profundos y dijo: "Te pareces mucho a tu compañera, la que se marchó al otro despacho" (tenemos un despacho jurídico donde trabaja sólo una mujer, S., que es abogada). Yo, con cara de incredulidad, como siempre que me dicen que me parezco a alguien, le contesté: "¿A S.? ¡Qué raro, nunca lo hubiera dicho!". Ella continuó:"Sí, siempre estáis sonriendo y riendo las dos". No sé si antes de decirme eso sonreía pero después puedo aseguraros que sí. Pequeñas cosas que te hacen tomar conciencia de quien eres porque hay días que se te olvida o días en que encuentras pocas razones por las que reír, sin acordarte de que siempre has reído por cualquier motivo, que no has dejado de sonreir en ninguna circunstancia.
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